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septiembre 08, 2024

¿QUÉ ES LA VERDAD?

 

Vivimos en una cultura utilitarista que se pregunta sobre la utilidad de todo lo que existe y si no se encuentra una respuesta, esas actividades, labores o dedicaciones se rechazan. Resulta llamativa la actitud de Santo Tomás, mencionada por Edith Stein, que ya comentamos en este post. A Tomás de Aquino le importaba la verdad porque esta se basta a sí misma y produce sus frutos; confía en el papel de la fe mientras que Husserl entiende la verdad como una contemplación de la esencia de las cosas. Estas actitudes resultan totalmente opuestas a las que se viven hoy en día, donde nadie desea detenerse a pensar por no enfrentarse a las preguntas más profundas que surgen en su interior y que el ser humano no es capaz de responder por sí mismo.

Para un creyente, la fe es la verdad. En el caso de la filosofía, si el filósofo es creyente, recurrirá a la fe cuando no encuentre una respuesta satisfactoria o se enfrente a los límites de la razón natural. La fe le ofrecerá respuestas; si la fe es un pilar importante en su vida, a la hora de hacer filosofía no puede rechazar este pilar puesto que es para él fundamento que conforma su vida, forma parte de su identidad. Esto le sucedió a Edith Stein: encontró respuestas en la fe católica y pasó a conformar su vida; a la hora de hacer filosofía, no podía sustraerse a su fe. Evidentemente, en aquello que encuentre cada uno el sentido de su vida constituirá la orientación que le conduzca en cualquier actividad.

Actualmente se critican mucho las posiciones cristianas o neoescolásticas, por recurrir a la fe para hacer filosofía; se identifica una corriente, en este caso la filosofía cristiana, con todo el pensamiento filosófico. El criterio debe ser la verdad de las cosas, no el hecho de que fueron expuestas por uno u otro filósofo, o siguiendo una corriente determinada.

Por último, se debe destacar el papel de la Revelación y su alcance para el estudio y el desarrollo de la actividad filosófica. La fe y la Revelación siempre ayudan a la filosofía, amplían el campo del saber para que pueda alcanzar metas más altas que solamente con la razón quedarían más reducidas. El debate surge cuando el filósofo no es creyente, cuando la fe y la Revelación no son consideradas como fuente de conocimiento y no aportan nada a un filósofo no creyente. En este caso, cabe mencionar de nuevo a Pieper quien defiende el respeto a la tradición, a la filosofía precedente, cuyas afirmaciones no se pueden dejar a un lado al filosofar.

Según San Juan Pablo II, la Revelación nos permite comprender y acoger el misterio de la propia vida; orienta al hombre, que desea conocer la verdad y así recibe la posibilidad de recuperar una relación con su vida y un sentido siguiendo el camino de la verdad. De cualquier forma, la Revelación no supone llegar a la meta sino que es una anticipación de lo que será nuestra visión de Dios reservada para los que creen en él o para los que lo buscan con un corazón sincero. Aquí se percibe cómo filosofía y teología buscan ese sentido último o fin último de la vida aunque lo hacen con medios y contenidos diferentes.

abril 29, 2024

PRESENTACIÓN DEL TEXTO: "¿QUÉ ES FILOSOFÍA? UN DIÁLOGO ENTRE EDMUND HUSSERL Y SANTO TOMÁS DE AQUINO"



La filósofa alemana Edith Stein realizó una comparación entre la filosofía de Santo Tomás de Aquino y la fenomenología con motivo del libro homenaje que fue preparado para Husserl por sus discípulos y compañeros con ocasión de su 70 cumpleaños. Fue realizado en forma dialogada, algo que no satisfizo al responsable de tal libro, Martin Heidegger. De esta manera, Edith Stein tuvo que cambiar este escrito a formato de artículo e introducir una variación en el título: La Fenomenología de Husserl y La Filosofía de Santo Tomás de Aquino. Ensayo de una confrontación. Presentamos el texto utilizando ambas versiones.

¿Qué es filosofía? Un Diálogo entre Edmund Husserl y Santo Tomás de Aquino está dividida en seis partes. Al comienzo de la obra se detallan el lugar, día y hora donde se desarrolla el diálogo: el despacho de Husserl, el 8 de abril de 1929 a últimas horas de la tarde. Después de saludarse e intercambiar algunas palabras introductorias, pasa cada uno a exponer su visión particular de la filosofía.

1. La filosofía como ciencia estricta.

Tanto en Husserl como en Tomás de Aquino hay una convicción de que un logos impera en todo lo que es y que a nuestro conocimiento le es posible descubrir ese logos pero las concepciones de ambos y los límites de su proceder pueden ser divergentes.

2. Razón natural y razón sobrenatural, creer y saber.

Ambos filósofos destacan la fuerza de la razón. Husserl consideraba la razón natural y Santo Tomás establecía la distinción entre razón natural y razón sobrenatural.

La fenomenología procede como si no hubiera límites para la razón; la tarea del conocimiento es un proceso infinito. El Doctor Angélico opina que este es el camino de la razón natural: un camino infinito que no puede llegar nunca a la meta, pero no es el único camino. Existe la plena verdad y hay un conocimiento que la abarca plenamente: el conocimiento divino. Algunos aspectos nos son comunicados ahora por medio de la Revelación; aun así, tanto nuestro saber como lo que es alcanzable por la fe es limitado.

Husserl no niega el papel de la fe pero apunta que la fe es competente en el terreno religioso, como los sentidos a la experiencia. Sin embargo, para el Aquinate la fe fija los límites de la razón natural y al mismo tiempo los de una filosofía que brota de la razón natural. La fe es un camino hacia la verdad, un camino hacia verdades que de otro modo quedarían ocultas y además es el camino más seguro. 


Husserl hace una objeción a este planteamiento: si la fe es el criterio último de todas las verdades, ¿cómo se mide ella misma? ¿Qué garantiza la autenticidad de la certeza de la fe? Tomás de Aquino responde que la fe se garantiza a sí misma; Dios nos da la Revelación y garantiza su verdad. 

3. Filosofía crítica y filosofía dogmática.

El filósofo que se sitúa en el terreno de la fe posee la certeza absoluta que se necesita para construir un edificio sólido mientras que otros filósofos tienen que buscar ese punto de partida. Esto le sucedió a Husserl, que tuvo que buscar un método fiable que descartara errores.
En consecuencia, en épocas posteriores se ha podido responder a muchas cuestiones recurriendo a los escritos del Doctor Angélico, aunque si sus reflexiones se consideran de manera superficial, parece que no son útiles. Pero acercándose a ellas con otro espíritu, se encuentran decisiones correctas, unos principios, un fundamento ya que Santo Tomás se atenía a la ley de la verdad, no a lo que iba a valer su estudio y la verdad produce por sí misma sus frutos.


4. Filosofía teocéntrica y filosofía egocéntrica.

Husserl y Tomás de Aquino partieron de que a la idea de la verdad le pertenece un existir objetivo independientemente de quién investiga, pero en la primera verdad y la primera filosofía se separan.

Para el Aquinate la primera verdad, el principio y criterio, es Dios; La fenomenología, por el contrario, situó al sujeto como punto de partida y centro de investigación; todo se halla relacionado con el sujeto. El mundo, que se edifica en actos del sujeto, es un mundo para el sujeto.

5. Ontología y metafísica.

Husserl pregunta a Santo Tomás qué opina de la distinción entre esencia y hecho. Para el dominico esta distinción existe, pero no con tanta nitidez como en la fenomenología. Por un lado, se encuentra lo que corresponde a las cosas en sí por su esencia y por otro, lo que les corresponde accidentalmente; hizo recaer el peso principal sobre las verdades esenciales, lo que a las cosas le corresponde por su esencia, el armazón fundamental del mundo.

6. La cuestión de la intuición. Método fenomenológico y escolástico.

Los métodos fenomenológico y escolástico son distintos; en la escolástica se halla la elaboración lógica y la utilización de la experiencia sensible, si nos limitamos al conocimiento natural. En la fenomenología hay una intuición inmediata de verdades eternas.



Ambos filósofos consideran como tarea de la filosofía obtener una comprensión del mundo que sea lo más universal y fundamentada posible. El punto de partida absoluto para Husserl es la inmanencia de la conciencia y para Santo Tomás es la fe. El punto de vista uniformador es para Husserl la conciencia purificada trascendentalmente y para Tomás de Aquino es Dios y su relación con las criaturas.

febrero 05, 2023

CELEBRACIÓN DEL DÍA DE LA CANDELARIA


El domingo 5 de febrero he tenido oportunidad de asistir a una Eucaristía en la que se celebraba la Fiesta de la Candelaria, o la Presentación de Jesucristo en el templo, que aunque litúrgicamente correspondía celebrarla el jueves 2 de febrero, se había trasladado al domingo para poder contar más ampliamente con la participación de las familias. Ha tenido lugar una procesión con la imagen de la Virgen de la Candelaria y padres junto con los niños pero previo a este recorrido se ha realizado una bendición por parte del párroco a padres, niños y madres embarazadas. Ha sido realmente asombrosa la respuesta de las familias del barrio; el templo se encontraba completamente lleno incluso más que un domingo ordinario.

Ha sido una experiencia llena de esperanza y de alegría contemplando a los niños risueños e inquietos, a los padres con criaturas en brazos y al sacerdote bendiciendo a unos y otros usando distintas invocaciones. 

Qué duda cabe que la esperanza y el futuro de la sociedad se encuentra en la familia. Tan solo al contemplar a los matrimonios, se percibía algo especial: el designio de Dios hecho realidad y con ello la paz del corazón que es el sello que la obra de Dios deja en nosotros. 

junio 12, 2022

MANIFESTACIONES DE LA FE

 


El pasado viernes asistí a la celebración de la Eucaristía en plena calle, con motivo de las fiestas de un barrio. Esto me llevó a reflexionar sobre la manifestación pública de la fe, en una sociedad en la que se expone la singularidad y la diferencia como signo de autenticidad y progreso pero que no es tolerante con la fe, especialmente la católica. 

Lo cierto es que esta celebración suponía para muchos vecinos mostrar y estrechar lazos de unión y amistad independientemente de su confesión religiosa; por otro lado y para un número considerable de los presentes, se trataba de celebrar la fe. En este sentido, manifestar las propias creencias debería ser tan natural como la manifestación de cualquier otro tipo de pensamientos o derechos. Debería servir para unir a la comunidad y vecinos aunque haya quien no comparta las mismas creencias pero, por empatía, es capaz de abrirse a sus conciudadanos y alegrarse con ellos y compartir aquello que es importante para otros, como la celebración que mencionamos.

En definitiva, esta celebración que presencié no es solo algo que ataña a los católicos en su celebración semanal de la Eucaristía sino que sirve para unir a personas de pensamientos y confesiones diferentes bajo un mismo espíritu de amistad y acogida, aunque para algunos se haga guiados por Aquel que dió su vida a cambio de la nuestra.


diciembre 16, 2021

¿CUÁNTAS VECES AL DÍA ESTÁS EN SILENCIO PARA ESCUCHAR TU INTERIOR?


Dios es Palabra, una voz que resuena, y que puede constituirse en un grito atronador. Dios es también silencio y quietud, que habla sosegadamente, llamándonos a una fina escucha. Dios comunica sus misterios, primordialmente por el silencio. Él desea ser escuchado. Quiere hablarnos, pero en su lenguaje, y a su manera. Para oírlo necesitamos, primeramente, ir acallando la invasiva bulla.

En estos tiempos en que la comunicación constituye una necesidad imperiosa, necesitamos hacer silencio para adentrarnos en nuestra propia interioridad, para aprender a transitar hacia nosotros mismos. También necesitamos hacer silencio para escuchar al otro, a quien la bulla cotidiana puede avasallar.

El silencio se hace más apremiante, aún, porque lo necesitamos para indagar sobre Dios, que habita en el tabernáculo silencioso de nuestra interioridad. Aquel será un ámbito de encuentro con el Padre, un “santuario” para conocerlo, para escuchar su voz, para aprender de su amor, porque Dios es la plenitud del amor, que se manifiesta por el acto de oblación más sublime: “Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él”. El amor de Dios consiste, “no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados”.

El silencio es la tierra sagrada para toparse con Yahvé; el suelo santificado que obligó a Moisés a descalzarse. Al hacerse hombre, Jesús va guiando nuestros pasos para que volvamos a posarnos en la tierra de Dios, plenitud de la paz y del consuelo; para que restablezcamos el diálogo perdido; para reencontrar la semejanza con el Padre, extraviada por el pecado original.

San Ignacio de Antioquía aporta una hermosa expresión, que avisa sobre el sendero callado: “Quien ha entendido las palabras del Señor, comprende su silencio; porque el Señor es conocido en su silencio”.

El silencio nos permite apreciar aquello que es esencial. En su obra “El Señor”, el gran teólogo Romano Guardini afirmaba que “en el silencio es donde suceden los grandes acontecimientos”.

Vivir el silencio constituye una necesidad capital para cualquier persona, más aún para el cristiano, porque en nuestro quehacer escuchamos un sinfín de palabras. El reto está en distinguir aquellas que son primordiales, porque en lo dicho se hace presente la Palabra divina, como la perla que se halla escondida en medio del campo y los abrojos. Dios continúa hablándonos, pero su voz fuerte y poderosa solamente puede ser apreciada en el silencio, alejado del bullicio que nos distrae.

Es penoso comprobarlo, pero nos hemos desacostumbrado a acoger el misterio, a prestar oídos al tesoro de la Palabra divina. La inapreciable joya es la Palabra que viene de Dios, la Palabra que es Dios. Sin embargo, se trata de una “presea” cada vez más inalcanzable, dado el entorno en que las mayorías convivimos y en que nos desarrollamos.

Vivimos en un mundo bullicioso, inundado de incesantes sonidos, emitidos por el tráfico vehicular, la TV, o los teléfonos inteligentes. La vida moderna proporciona enormes beneficios, juntamente con el abrumador bombardeo sensorial en la forma de ecos resonantes, multitudes estridentes y las demandas de los infaltables dispositivos electrónicos.

Todos los días nos sometemos a las presiones del ruido, de la palabrería y del agitado tumulto. ¿Quién puede sustraerse de la “contaminación” digital? Que familiar se nos hace entrar a un café, por ejemplo, donde cada persona que comparte las mesas está concentrada en su celular.

Algo análogo, aunque más preocupante, ocurre en la vida familiar, donde el foco de atención puede ser el IPad, el móvil o los video juegos. Sorprende ver a todos enfocados en los twiters, o en sus cuentas de Facebook, como si el destino de la humanidad dependiese de un dato o de una foto reciente, colocada en Instagram. A cuantos jóvenes y adultos vemos juntos, pero encerrados en sí mismos, aislados de los demás, apresados por sus audífonos, escuchando alguna música estridente.

El silencio constituye una alternativa a estas formas de bullicio. La investigación muestra que la quietud y el sosiego serenan la ansiedad. En este sentido, tenemos que nadar contracorriente, contra el ruido y las distracciones cotidianas que nos dificultan escuchar la propia voz, la del prójimo y, principalmente, la de Dios.

El cristiano necesita ser un tanto rebelde, porque requiere creer firmemente que el silencio constituye un valor esencial. Tiene que aprender a ser un contemplativo en medio del alboroto de la creación. Necesita descubrir cotidianamente la belleza aportada por el silencio y la serenidad de Dios.

La renuncia a la “dictadura del ruido” constituye un paso firme hacia la libertad auto poseída. Sería absolutamente irreal pretender que alguien podría estar en capacidad de “apagar”, aunque sea momentáneamente, la bulla del mundo. La tecnología, con sus luces y sombras, permanecerá, conformando un ámbito esencial de la existencia humana. Por ello, el silencio y la contemplación cumplen una misión primordial: en la dispersión de cada día nos ayudan a conservar una permanente conciencia de Dios y de nuestra identidad.

El gran valor del cristiano es constituirse en testigo de Dios en medio del mundo. De la mano de Dios podremos forjar un mundo más bondadoso y reconciliado. Pero el ser humano porta una naturaleza herida. Difícilmente podemos cegarnos ante sus rupturas, que lo sitúan en el llamado “territorio de la desemejanza”, un ámbito de lejanía, de mentiras existenciales y de subjetivismos.

Existen innumerables análisis y testimonios de su preocupante estado. Basta revisar diariamente los medios noticiosos. Ellos nos tienen acostumbrados a una selección de injusticias y crueldades. En el mejor de los casos, a una cultura de la distracción. Abunda la violencia que reaparece en los conflictos étnicos, religiosos y culturales. Es exacto hablar de un mundo en crisis.

Dios nos coloca un reto grandísimo para testimoniar su amor salvífico hacia el mundo. ¿Cómo podremos realizarlo? Con su ayuda. Admitiendo nuestras limitaciones y clamando por su gracia santificante.

Dios nos aguarda pacientemente, tocando la puerta de nuestro hogar. ¿Cómo responderle? De diversas maneras. No se trata de “encajonar el espíritu”, pero a Dios podemos hallarlo especialmente en la oración, en la meditación, en el anuncio de la Palabra, en los sacramentos, entre los desposeídos, sirviendo a los desamparados, escuchando al solitario. ¡También lo encontramos en el silencio!

El Papa Benedicto XVI sopesaba alguna vez este gran dilema, del llamado de Dios a las personas, tal como somos, con nuestras pobrezas y grandezas. “¿Cómo podremos, siendo parte de este mundo, con todas sus palabras, hacer presente la Palabra en las palabras, si no es mediante un proceso de purificación de nuestro pensar y de nuestras palabras? ¿Cómo podremos abrir el mundo -y en primer lugar a nosotros mismos- a la Palabra sin entrar en el silencio de Dios, del cual procede su Palabra?”, interrogaba. “Tenemos necesidad del silencio que se vuelve contemplación, que nos hace entrar en el silencio de Dios, y así llegar al punto donde nace la Palabra redentora”.

Hacerle especial espacio a la Palabra de Dios constituye un gran desafío, que exige de nosotros confianza, paciencia y humildad. Nos convierte en colaboradores de la verdad, voces de lo auténtico, porque nosotros no hablamos solamente en un río de palabras, sino que, confiando en la Palabra, la verdad podrá hablar en nosotros. Así podremos ser auténticos portadores de la verdad de Dios, construida en torno al amor y la caridad.

(Artículo de Alfredo Garland en Aciprensa)

noviembre 17, 2021

PORQUÉ NOS CUESTA TANTO ABRIR EL CORAZÓN A DIOS




Más allá de querer o no, tener presente a Dios en nuestras vidas; que abramos o no, las puertas de nuestro corazón; que nos esforcemos o no, para que Dios sea más o menos importante para nosotros, la verdad –aceptemos o no– es que su huella está profundamente inscrita en nuestro interior. Negar esa realidad es negarnos a nosotros mismos. Es negar el origen y fundamento de lo que somos. De cómo aceptemos o vivamos esta realidad dependerá nuestra realización personal.

Preguntémonos: ¿Por qué existo? ¿Por qué yo soy quien soy, y no otro? No somos dueños de nuestras vidas. No somos nosotros quien elegimos existir, y mucho menos ser quienes somos. Decir que existimos y somos quién somos gracias a nuestros padres y ancestros no es equivocado, pero quedarnos solamente con esa dimensión de la realidad sería empobrecer nuestras existencias. Nuestros padres nos conceden la existencia genética y biológica, nos educan, nos forman, etc… además de las características, riquezas y deficiencias que podemos tener de por sí, mucho de lo que somos depende también de lo que aprendemos a lo largo de nuestra vida, en los distintos lugares dónde nos desenvolvemos. Pero aun así, hay algo en nuestro interior que define quienes somos. Eso es nuestro espíritu. Nuestro interior. Nuestra consciencia. Nuestro “corazón”. Es decir, nuestro “mundo interior”. Es algo muy distinto en cada persona. Esa diferencia interior, del corazón, espiritual, no lo recibimos de los padres, ni tampoco es algo que la sociedad poco a poco va determinando. Tampoco somos nosotros quien lo elegimos. Así nacemos. Así lo ha querido Dios. Querámoslo o no.

¿Qué tan profundo es nuestro mundo interior? ¿Nos sentimos satisfechos con lo que el mundo puede ofrecernos? No hablo sólo en términos negativos. Efectivamente, hay muchas cosas valiosas como nuestro trabajo, estudios, la familia, nuestros hijos, etc… realidades de nuestra vida que son fundamentales y realmente llenan de felicidad nuestro mundo interior. Pero todas ellas son finitas, en algún momento terminan. Entonces brota la pregunta: ¿Todo eso llena y satisface plenamente nuestro interior? O acaso ¿no buscamos alguien que nos ofrezca una felicidad sin límites? Todos buscamos siempre lo infinito.

Por lo tanto, si sabemos que sólo Dios es esa persona infinita que puede saciar nuestra “hambre” interior ¿por qué nos cuesta abrir el corazón a Dios? Dejar que el amor de Dios llene de sentido nuestra vida. La respuesta no es fácil. Implica muchas variables. Cada uno tiene sus propias razones para abrir o no el corazón a Dios. Qué tipo de educación y formación recibimos en la familia, cuánto influenciaron nuestras amistades o el mundo con sus falsas propuestas, la educación que recibimos en las escuelas y universidad, las corrientes de pensamiento vigentes de la determinada circunstancia cultural en la que vivimos. Experiencias problemáticas o traumáticas que llevaron a que cerrásemos nuestros corazones, no sólo a Dios, sino a los demás.

Esas experiencias difíciles o traumáticas pueden generar problemas de índole psicológica que distorsionan la manera como nos acercamos a la realidad. También las experiencias de sufrimiento y dolor que podemos atravesar en la vida, pueden, en muchos casos, llevar a renegar de Dios. Cómo si Dios fuera el culpable de todo lo malo que sucede en la vida. Por otro lado, están los que creen que Dios nunca los escucha, los que no saben cómo hablar o relacionarse con Él. Los que están tan encerrados en sí mismos, que no son capaces de percibir la acción de Dios en sus vidas. También están aquellos que sencillamente no conocen a Dios. Por distintas razones nadie les habló de Dios, ni tampoco les ayudaron a acercarse a Él. Finalmente, están nuestros propios pecados personales, que objetivamente nos alejan de Dios, que nos hacen creer que ya no somos dignos de acercarnos a Él. Nos desesperanzamos. Creemos que no hay salida para nuestra postración. Estas son algunas razones por las que se hace difícil que Dios entre en nuestros corazones. Cada persona tiene sus propias dificultades. Sino superamos esas dificultades terminaremos alejándonos cada vez más de Él.

Sin embargo, Dios nunca se cansa de salir a nuestro encuentro. Conoce nuestros corazones. Nos conoce mucho mejor que nosotros mismos. Apuesta por nosotros. Desde el comienzo, luego del pecado original, promete un Mesías, un Salvador, que vendría a liberarnos del pecado, que vendría a iluminar la oscuridad en la que vivimos. A lo largo de toda la historia del pueblo de Israel, Dios se fue manifestando progresivamente a través de los Patriarcas, profetas, reyes… y, finalmente, envío su propio hijo, que siendo Dios, nació de la Virgen María y se hizo hombre. El todopoderoso se hizo pequeño como un bebe. El Eterno se hizo finito y mortal. Se alegró, se entristeció y lloró. Asumió el peso de nuestros pecados. Apostó tanto por nosotros, se involucró tanto, nos ama tanto, que llegó al punto de entregar su Hijo único a que muriera en la cruz, por nuestros pecados.

¿Qué debemos hacer? Si percibo algo de eso en mi vida, ¿qué tengo que cambiar? El camino, más que preguntarnos ¿qué hacer? ¿Qué cambiar? es descubrir en Dios una persona real con quien puedo relacionarme. Puedo tener muchos y distintos problemas, pero se trata de crecer y fomentar una relación personal. El hecho humano de la relación personal es algo que vivimos cotidianamente. Nos relacionamos con nuestros familiares, amigos, colegas de trabajo, etc… A partir de la relación personal con Dios, aprenderemos a abrir nuestro corazón. Además ¿qué vamos a perder? ¿Por qué tenerle miedo? No hay ninguna razón para temerle. Él es Dios. Nos creó por amor. Entregó su Hijo único para morir en la Cruz por amor. ¿Qué más podemos pedirle a Él que nos muestre cuánto nos ama? Él nos da la verdadera felicidad. A fin de cuentas, el punto es: ¿dónde quiero poner mi corazón? ¿Dónde está mi tesoro? Pues ahí donde descubro el tesoro para mi vida es dónde pondré mi corazón. ¿Qué quiere y necesita mi corazón? Abrir el corazón no es fácil, pero está en juego nuestra felicidad.

(Artículo de Pablo Augusto Perazzo en Aciprensa)

agosto 09, 2021

¿QUÉ DIRÍA EDITH STEIN A LAS MUJERES DE HOY EN DÍA?


Transcribimos esta entrevista a Feliciana Merino, experta en el pensamiento de Edith Stein, publicada en arguments.es en el día en que recordamos a Santa Teresa Benedicta de la Cruz.

Edith Stein, una mujer de gran inteligencia, muy profunda y buscadora de la verdad. Todo esto le hizo sufrir mucho porque las mujeres en su época tenían menos derechos que los hombres. ¿Nos podría explicar cuáles eran los sentimientos que la filósofa alemana albergaba en su corazón al respecto?

Lo primero que hay que decir es que Edith Stein fue educada en un ambiente judío liberal. Su madre quedó viuda cuando ella era aún muy pequeña y desde entonces pudo constatar la fuerza de las mujeres en el ejemplo vivo de su madre que no se amedrentó ante las circunstancias y siguió trabajando con empeño para sacar adelante el negocio familiar, a pesar de los consejos de sus parientes. Edith Stein se parecía mucho a ella, era obstinada cuando se proponía algo y siempre tuvo apoyo en su familia para estudiar e ir a la universidad.

Desde esa mentalidad pudo participar con solo 22 años en la Asociación prusiana a favor del voto femenino y en los debates universitarios sobre la doble vocación de la mujer. La igualdad entre hombres y mujeres era ya por aquel entonces un valor creciente, pero también era problemática la cuestión de si la mujer pertenecía prioritariamente al cuidado del hogar y de la prole así como las profesiones que se consideraban más adecuadas para mujeres.

En todo caso, Edith Stein nunca vivió las limitaciones como una injusticia, sino como una oportunidad de crecimiento y de cambio. Ella era fuerte y esa fortaleza fue la que le empujó a escribir al Ministro de Berlín cuando rechazaron su habilitación docente por ser un espacio vedado a las mujeres (nunca hasta entonces habían llegado tan lejos). Su argumento de que ser hombre o mujer no debía ser un impedimento para desarrollar una carrera científica, fue motivo para que se aprobara después un decreto más moderno al respecto. Pero Edith ya había tomado la decisión de volver a Breslau y empezar a dar clases de introducción a la filosofía.

La filósofa judía pensaba que estamos en la tierra para servir a la humanidad y que, para hacerlo de la mejor manera posible, debemos hacer aquello para lo que estamos inclinados. En esta idea podríamos contemplar la idea todavía prematura de la una vocación profesional también para la mujer… algo que se contemplaba borroso en su momento.

Por supuesto. Toda la filosofía de Edith Stein se puede decir que gira en torno al concepto de vocación. Su filosofía puede entenderse como una filosofía de la vocación. En alemán el término Beruf significa ambas cosas, tanto profesión como vocación, con lo que se unen en una misma palabra el sentido y dignidad del trabajo con la inclinación, aquello para lo que uno se siente llamado, que es la vocación. Por eso dice que quien considere su trabajo como simple fuente de ganancia o como pasatiempo lo desarrollará de una forma completamente distinta de aquel para quien sea vocación profesional en sentido propio, es decir, de aquel otro que se sienta llamado para ello.

En un mundo cada vez más marcado por los criterios de competitividad y de mercado, creo que es muy necesario recuperar este sentido de la vocación profesional, no como una cualidad deseable para el ejercicio de la profesión, sino como principio configurador de la propia vida. El trabajo no es algo separado del hombre o de la mujer, sino que “lo que hace un hombre es la realización de lo que puede hacer; y lo que puede es expresión de lo que es”.

Por eso, no es baladí la afirmación de Edith Stein de que “no existe profesión alguna que no pueda ser desempeñada por una mujer”, o la tan provocadora frase “Ninguna mujer es solo mujer”, porque hay en todo lo que hacemos un principio configurador, un ethos. Lo que hagamos lo haremos con pasión, y de una forma que será específicamente femenina. Si la vida y lo que hacemos manifiesta la respuesta a una llamada, el trabajo, cualquier trabajo, es la respuesta a la vocación de entrega del ser humano, es expresión de su capacidad de dar, o mejor dicho, de amar. El trabajo bien hecho es siempre signo de un amor más grande.

A una Edith jovencita le impactó el ver a una mujer caminando que a la vuelta del mercado entró en la catedral de Frankfurt. Podría haber quedado impresionada de que una humilde mujer en medio de los quehaceres cotidianos sintiera la necesidad de rezar. Ella en la sinagoga frecuentaba la celebración de un oficio y aquel “intercambio confidencial” de la mujer que entraba a la catedral para saludar a su Dios la impactó sobremanera. La religión como un encuentro personal con Alguien que te ama.

Realmente no estamos acostumbrados, en la vorágine de vida que tenemos, a hacer un parón en medio de la jornada para rezar, o cuando vamos corriendo de un lado a otro entrar en una iglesia para sencillamente escuchar el silencio o dialogar con Otro. Por ello es algo que no entra en nuestros esquemas, no entraba en los de Edith, ni en los nuestros, ni en los de nadie. Precisamente por ser algo tan sencillo se convirtió en extraordinario. De hecho, es una de las experiencias que ella misma cuenta que le impactaron y le acercaron a la fe cristiana.

La otra, es la mirada ante la muerte al ir a visitar a la viuda de su gran amigo Adolf Reinach, muerto en el frente en 1917. Se había imaginado a una mujer rota de dolor y desesperanzada y lo que se encontró fue a alguien rebosante de paz y de una esperanza cierta. Esta experiencia alimentó su deseo de creer, pues percibía en ella el Misterio venciendo al aguijón de la muerte, que no tiene la última palabra.

La lectura del libro de santa Teresa de Jesús le marca profundamente. Hace una lectura sapiencial del libro; es decir, que lo leyó como una revelación personal… y se convierte a la religión católica. ¿Qué sentimientos pudo percibir al leer los escritos de la santa de Ávila?

Es verdad que Edith Stein había tenido muchos amigos que se habían convertido al protestantismo y que de hecho frecuentaba más ambientes protestantes que católicos, pero que las cosas ocurrieran como lo hicieron es también parte del Misterio en el que ella reconoce a Cristo. Un matrimonio amigo, los Conrad-Martius, protestantes ambos -Edith era muy amiga de Hedwig, recientemente convertida al protestantismo-, la invitaron un fin de semana a su casa en Bergzabern, y una plácida tarde de verano de 1921, en ausencia de estos, cogió de la estantería de su biblioteca el Libro de la vida de santa Teresa de Jesús.

Lo leyó de un tirón y descubrió que ahí estaba la verdad, una verdad que no es científica, la Verdad del Amor, de la entrega, de la unión con Dios. Había leído ya partes del Nuevo Testamento, también las Confesiones de san Agustín, los ejercicios de san Ignacio de Loyola, pero esto fue la culminación de un proceso de búsqueda. Como dice un amigo mío: «no se trata de coincidencias, sino de dioscidencias«.

Lo que está claro es que en santa Teresa encuentra el modelo de vida a seguir, que elige como madrina de bautismo a Hedwig, su amiga y dueña de la casa donde encontró y descubrió la verdad, y que escoge como nombre de bautismo a la fe católica el de Edith Teresa Hedwig, en honor a santa Teresa y a su amiga. Después, cuando hace la profesión en el Carmelo, su nombre será Teresa Benedicta de la Cruz, en honor a santa Teresa y a san Juan de la Cruz, en cuya lectura se embarca sus últimos años. En fin, ¿qué más se puede decir? Se trata de un encuentro concreto, muy concreto, que marca su vida y su vocación.

Cuenta la filósofa que su madre vivió su conversión como “la pena más pesada que tuvo que soportar”. Hacer sufrir a una madre de ese modo debe ser muy doloroso. 

Sí, por lo que sabemos parece que a Edith le costó mucho contárselo a su madre. Tanto que tuvo que pedirle ayuda a su hermana Erna. Hay un testimonio de su hermana donde lo explica. En septiembre de 1921 había nacido su primer hijo y Edith se encontraba en casa ayudando a su hermana. Allí le expuso su decisión de convertirse al catolicismo y le pidió que preparara el ánimo de su madre. Era una tarea bien difícil.

Para su madre, aunque siempre se había mostrado comprensiva para todo y les había dado mucha libertad, una decisión así representaba un golpe durísimo. Era, en efecto, una judía verdaderamente creyente y consideraba como una apostasía el hecho de que Edith abrazara otra religión. También sus hermanos intentaron disuadirla en atención a la madre, pero al final confiaron en su convicción interior, y también su madre tuvo que aceptarlo. 

Por lo demás, en la vida de Edith Stein no hay fisuras, no se puede hablar de una separación entre lo intelectual y lo espiritual. Su conversión es el fruto de un camino de búsqueda de la verdad. Todos los pasos dados son pasos en la misma dirección. Todo está en su sitio. Edith lo entendió al final. Su vida es un modelo porque no hay discontinuidades. El Señor le sale al encuentro y ella da su Sí. 

Edith Stein es de otra época, pero… ¿qué le puede aportar a la mujer europea de hoy día?

Los escritos de Edith Stein hablan a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Su vida también habla. No en vano ha sido declarada santa y copatrona de Europa. Una de las cosas que a mí me parece que nos diría a las mujeres europeas, con la que está cayendo, es: ¡No tengáis miedo! A sermujeres, a no sucumbir a los discursos ideológicos que proponen la anulación de las diferencias.

Edith Stein no quiso abanderar ninguna tipología de las diferencias entre hombres y mujeres, porque acaban siendo obsoletas ante la innegable adaptación del sujeto a las circunstancias concretas. No se trata de defender posiciones conservadoras respecto al papel que la mujer ocupa en el hogar, ni tampoco se trata de defender la igualdad a ultranza a costa de la anulación de las diferencias. Para ella, se trata de responder de manera personal y compartida a la misión que se nos ha encomendado. Hombres y mujeres somos iguales, diferentes y complementarios.

Los discursos ideológicos, tanto aperturistas como conservaduristas, ahogan esta verdad innegable, que se descubre no en una lucha de sexos, sino en darnos cuenta de que el otro es un esser kenegdo, expresión hebrea que utiliza Edith Stein, una imagen especular donde el otro puede contemplar su propia naturaleza, siempre incompleta. Solo cuando hay amor, ayuda mutua y entrega, nos damos cuenta de que en ese camino, aunque frágil, finito y lleno de límites, siempre hay otro Amor más grande nos acompaña en esta tarea.

diciembre 30, 2020

¿ES COLOSENSES 3, 12-21 UNA LECTURA MACHISTA?


Esta fue la Segunda Lectura de la Misa de ayer, Fiesta de la Sagrada Familia:

"Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y cánticos inspirados, y todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre. 

Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que se vuelvan apocados." 

Una de las frases, en una lectura superficial, se tilda al parecer con un "matiz machista", en concreto "Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos". 

Esta lectura debe ser considerada en su conjunto, no tomando una frase aislada y sacada de su contexto, en el que encuentra su significado pleno. El segundo párrafo, tal y como lo hemos dispuesto en esta entrada, no se entiende sin el primero. San Pablo se dirige a todo el mundo (cónyuges, hijos, etc...) y nos hace ver que todos tenemos que estar al servicio de los demás, ahí está nuestra paz; los cónyuges, más concretamente, revestidos de bondad, paciencia y humildad entre otras cosas, deben ser sumisos el uno al otro, obedecerse el uno al otro, perdonarse el uno al otro, amarse el uno al otro. Esto es lo que debe constituir la base de las relaciones.

Y todo esto ¿porqué? Porque Cristo se entregó y dió su vida por nosotros en la cruz y el Amor redentor se transforma en amor esponsal. En Cristo los esposos tienen un modelo de amor, de amor gratuito, desinteresado y también exigente que abarca toda la vida matrimonial y que busca la santidad y el bien en el marido y la mujer. De esta manera, los esposos son un signo del Amor de Cristo por su Iglesia y hacen que el sacramento cobre toda su fuerza.

Espero que esta reflexión os haya servido para comprender mejor las palabras del Apóstol de los gentiles. Para los que queráis profundizar, os recomiendo la lectura del quinto ciclo de las Catequesis del Amor Humano de Juan Pablo II.



mayo 07, 2020

UN MENSAJE DE ESPERANZA

El pasado Domingo se publicó una carta del cardenal Cañizares sobre la oración por las vocaciones. Pero no traemos aquí esta misiva por este tema, sino que lo hacemos debido al mensaje esperanzador que contiene y que toda persona, creyente o no, se encuentra impaciente por escuchar en esta situación que nos ha tocado vivir. 

Por ello transcribimos aquí el texto íntegro de la carta de Monseñor Cañizares:



El domingo pasado celebramos en la Iglesia católica la fiesta del Buen pastor, a la que se ha unido la Jornada mundial de oración por las vocaciones a la vida sacerdotal, a la vida consagrada en sus diversas formas y carismas, a la acción misionera, al matrimonio cristiano de casados en el Señor. En todos estos sectores se ve y se palpa una disminución muy preocupante que califico de verdaderamente «alarmante», tanto para la Iglesia como para la sociedad. Esta situación que atravesamos podríamos calificarla incluso de terrible y desastrosa por todo lo que ello da a entender lo que le subyace, entre otras cosas el debilitamiento de la fe, el olvido de dios, y la marginación y desprecio de Jesucristo, como si no interesara o fuese incapaz su seguimiento para dar respuesta a los grandes males que nos aqueja hoy al mundo entero, y particularmente al mundo occidental; alguno pensará, ¿cómo se le ocurre a éste referirse al tema de las vocaciones, con la que está cayendo por la pandemia y las crisis de todo tipo que está acarreando? Pues sí; y por eso precisamente, por estas crisis, aún es más necesario referirse a las vocaciones y a la oración por ellas. No voy a entrar en eso que digo «subyace» ni me va a ganar el desánimo, ni nos puede vencer el desánimo y la desesperanza. En cualquier caso, todo lo contrario, por paradójico e incluso «insensato o descabezado» que parezca, acrecienta en mí, y debería acrecentar en todos, la esperanza. ¿Esperanza? ¿Es posible y sensata la esperanza en esta situación que vivimos? Sí, precisamente porque las cosas están así. No vale la frase hecha «la esperanza es lo último que se pierde, sino porque la esperanza siempre es virtud para tiempo difíciles, «recios» diría la Santa de Ávila.


Recuerden el Profeta Isaías, profeta de la esperanza, en tiempos muy difíciles de destierro y sin aparente salida. La Carta a los Hebreos: Sus destinatarios, la comunidad a la que se dirige el Autor de esta carta se hallan en situación interna y externa, casi límite: es una llamada y proclamación de la esperanza. Algo semejante podríamos decir de la situación en que vivían los destinatarios del Apocalipsis de Juan: muy sin salida, pero difícilmente se puede encontrar texto de mayor apertura a la esperanza. ¿Qué quiero decir? Sencillamente que ahí es donde podemos confiar en Dios, Señor de la historia y la conduce donde Él va a manifestar la fuerza de su amor y llevarnos a una situación que va a ser muy distinta y novedosa en un futuro no lejano. Pero hay que luchar, confiar, orar, y hacer las cosas mejor que venimos haciéndolas, volver a Dios, a Jesucristo como centro y clave de todo, como piedra angular que en estos momentos están desechando para construir una Humanidad nueva, como Pastor y guía, al que deberíamos seguir ahora y siempre: Todos, la Iglesia y la sociedad, porque esto también afecta e implica, y muy mucho, a la sociedad, el que haya esta escasez de sacerdotes, el que haya tan pocas vocaciones no es bueno ni para la Iglesia ni tampoco para la sociedad, por muy laica, laicista y anticlerical que se muestre ésta.


Después de casi dos milenios de cristianismo, cuando la voz de Jesucristo ha llegado a casi todas las partes, sentimos con una intensidad cada día mayor la necesidad de dirigirnos a Dios, llenos de esperanza, que mande a su Iglesia obreros del Evangelio, que el mundo tanto necesita: necesita a Dios, necesita a Jesucristo, necesita su amor transformador, su luz, para que haya un futuro distinto para esta humanidad que necesita ser renovada desde dentro y presentarse con un rostro nuevo enteramente, un mundo nuevo en que habite la justicia y brille una nueva civilización del amor y en que reine la paz y resplandezca la dignidad inviolable de todo ser humano sin exclusión de ningún tipo: que eso es, entre otras cosas, el Evangelio y sus frutos o manifestaciones en la tierra.


Precisamos vocaciones a la vida consagrada, a la acción misionera, al matrimonio cristiano base de la familia que abrirá un nuevo futuro al ministerio sacerdotal, para el anuncio de la palabra de Dios, de Jesucristo, y para entregar a Jesucristo en persona, realmente, que es a Quien el mundo, la sociedad necesitan más que nada. El mundo que vivimos parece que está diciendo a los jóvenes, abiertos a decidir su vocación y su futuro: «En la nueva sociedad, en el futuro de un mundo nuevo, laico y adulto, que fabricamos los hombres no habrá ya sacerdotes, ni vida consagrada, ni matrimonio cristiano, no vayáis, jóvenes, por esos caminos, buscad otra profesión, u otro camino». Así parece pensar el mundo de hoy laico. Pero por esto mismo, por esta manera de pensar, el escuchar esas voces, comprendemos precisamente, por el contrario, que hay una gran necesidad, aún mayor que en otros tiempos, de sacerdotes y de hombres y mujeres enamorados de Jesucristo, consagrados a Él y a su Iglesia, al anuncio y presencia del Evangelio, al servicio de los hombres, y que haya matrimonios cristianos base de familias que eduquen en el nuevo estilo de vivir, el del Evangelio, que cambia todas las cosas, incluidos las relacionadas con la salud y la enfermedad, la vida, la cultura, la economía y la política...


Porque siempre, pero particularmente el mundo en el que vivimos hoy, con su cultura de alejamiento y silenciamiento de Dios que quiebra al hombre en su humanidad más propia y la destruye, la Iglesia, la sociedad, los hombres de hoy tienen necesidad de hombres y mujeres que vivan entregados por completo, enteramente, al servicio del Evangelio de Jesucristo. Los hombres de hoy y de siempre tienen necesidad de Cristo. Todos tenemos, en efecto, necesidad de Jesucristo. A veces sin saberlo, pero, a través de múltiples y a veces de incomprensibles caminos lo buscamos insistentemente, lo invocamos constantemente, lo deseamos ardientemente. El es el esperado y deseado por todos. Se diga lo que se diga. Porque en Él está la dicha, el amor, la vida, la paz, la alegría, todo. Nosotros, los hombres y mujeres de hoy, necesitamos de Cristo para recorrer los caminos de la vida. Y El necesita de nosotros, de hombres y mujeres, para seguir presente acá en los años venideros. ¿Qué sería de nuestro mundo si le faltase El?¿Qué sería de nuestra humanidad si no se le anunciase y testificase el Evangelio de paz y de gracia, de amor y de perdón, de justicia, de verdad y caridad? ¿Qué sería de nuestra sociedad si se extinguiese la voz y la luz del Evangelio? «Sabemos que el Señor busca obreros para su mies. Él mismo lo ha dicho: ‘La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Por eso estamos donde estamos: para dirigir de verdad, con certeza, confianza y convicción esta petición al Dueño de la mies». Por esto nuestra oración perseverante al «Dueño de la mies»: que suscite y envíe vocaciones para renovar nuestro mundo.