domingo, 12 de junio de 2022

MANIFESTACIONES DE LA FE

 


El pasado viernes asistí a la celebración de la Eucaristía en plena calle, con motivo de las fiestas de un barrio. Esto me llevó a reflexionar sobre la manifestación pública de la fe, en una sociedad en la que se expone la singularidad y la diferencia como signo de autenticidad y progreso pero que no es tolerante con la fe, especialmente la católica. 

Lo cierto es que esta celebración suponía para muchos vecinos mostrar y estrechar lazos de unión y amistad independientemente de su confesión religiosa; por otro lado y para un número considerable de los presentes, se trataba de celebrar la fe. En este sentido, manifestar las propias creencias debería ser tan natural como la manifestación de cualquier otro tipo de pensamientos o derechos. Debería servir para unir a la comunidad y vecinos aunque haya quien no comparta las mismas creencias pero, por empatía, es capaz de abrirse a sus conciudadanos y alegrarse con ellos y compartir aquello que es importante para otros, como la celebración que mencionamos.

En definitiva, esta celebración que presencié no es solo algo que ataña a los católicos en su celebración semanal de la Eucaristía sino que sirve para unir a personas de pensamientos y confesiones diferentes bajo un mismo espíritu de amistad y acogida, aunque para algunos se haga guiados por Aquel que dió su vida a cambio de la nuestra.


viernes, 8 de abril de 2022

DE DIOSES Y EDUCADORES

     


Que los educadores no somos dioses, ya lo sabíamos. Desde que empezamos a ejercer esta profesión, nos dimos cuenta de que es bien poco lo que podemos hacer. Pero no me refiero con ello a los problemas debidos a la situación social, a la falta o a la inversión de los valores o a la mentalidad de la persona en la posmodernidad. 

Me refiero a nuestras propias limitaciones. Los educadores católicos nos sabemos, al igual que nuestros alumnos, hechos a imagen y semejanza de Dios y criaturas. Es desde esta condición que podemos comenzar cada día, siendo conscientes de nuestras carencias, tanto a nivel académico como afectivo. Podemos y debemos intentar suplirlas de la mejor forma pero sin olvidar nuestra condición. 

Precisamente porque todos somos criaturas, sabemos que tanto nosotros como nuestros alumnos están en las mejores manos. Él ya conoce y cuenta con nuestras debilidades, así que nuestra labor también tiene mucho de confianza en que lo que nosotros no hagamos con nuestras solas fuerzas, Dios lo llevará a término, siempre dando lo mejor de nosotros mismos. Pero ese "lo mejor" nunca será lo que el alumno necesita en su totalidad y plenitud... debido a nuestra condición tan limitada. 

lunes, 28 de febrero de 2022

MEMORIA HISTÓRICA

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Ahora que se habla tanto de memoria histórica, pero tergiversando y manipulando lo que no interesa, llaman la atención algunas voces de la Iglesia que se levantaron para recordar que la historia no tiene nada que ver con ideologías sino con los hechos pasados y que es necesario conocer nuestra historia para comprender el presente, para formarse y no dejarse arrastrar, no asumir sin más las leyendas y los mitos que circulan en tantos medios de comunicación.

Una de esas voces fue el Papa Pablo VI, que en su discurso al Comité Internacional de Ciencias Históricas (3-6-1967) ofreció algunas orientaciones que os presentamos en este documento.

Anteriormente, el Papa León XIII, hizo referencia al estudio de la historia de la Iglesia en la Carta Saepenumero considerantes.

"El cristianismo ha dejado una huella profunda y duradera en el curso de veinte siglos. La Iglesia nada tiene que ganar con defender vanas leyendas y nada que perder con manifestar la verdadera historia" (Pablo VI).

martes, 21 de diciembre de 2021

CÓMO APROVECHAR LAS VACACIONES DE NAVIDAD



Este periodo vacacional es “un tiempo especial para la vida familiar y para el descanso”.

Para muchos, estas vacaciones son la oportunidad de tener un periodo de descanso luego de varios meses de arduo trabajo, y se trata de un tiempo especial, en el que las familias y los amigos se reúnen, celebran las fiestas navideñas y de fin de año.

Sin embargo, es importante que esta temporada no se limite al consumismo, sino que sea el espacio ideal para el descanso y la reflexión.

Para los católicos es el tiempo especial de encuentro con Cristo que nace entre nosotros y que en su presencia salvadora nos ofrece un camino de esperanza y de renovación en las situaciones más difíciles que vivimos. El tiempo de vacaciones es la oportunidad para hacer un análisis sobre cómo fue nuestro actuar durante este año y qué podemos hacer para mejorar, para ser mejores personas y contribuir a que nuestra sociedad sea mejor.

Para los creyentes, la llegada de estas fechas representa algo muy especial, pues nace –y renace- en nosotros la esperanza de que el Salvador llegue a nuestros corazones con la invitación a mirar al prójimo como un verdadero hermano.

Fuente: Aciprensa

jueves, 16 de diciembre de 2021

¿CUÁNTAS VECES AL DÍA ESTÁS EN SILENCIO PARA ESCUCHAR TU INTERIOR?


Dios es Palabra, una voz que resuena, y que puede constituirse en un grito atronador. Dios es también silencio y quietud, que habla sosegadamente, llamándonos a una fina escucha. Dios comunica sus misterios, primordialmente por el silencio. Él desea ser escuchado. Quiere hablarnos, pero en su lenguaje, y a su manera. Para oírlo necesitamos, primeramente, ir acallando la invasiva bulla.

En estos tiempos en que la comunicación constituye una necesidad imperiosa, necesitamos hacer silencio para adentrarnos en nuestra propia interioridad, para aprender a transitar hacia nosotros mismos. También necesitamos hacer silencio para escuchar al otro, a quien la bulla cotidiana puede avasallar.

El silencio se hace más apremiante, aún, porque lo necesitamos para indagar sobre Dios, que habita en el tabernáculo silencioso de nuestra interioridad. Aquel será un ámbito de encuentro con el Padre, un “santuario” para conocerlo, para escuchar su voz, para aprender de su amor, porque Dios es la plenitud del amor, que se manifiesta por el acto de oblación más sublime: “Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él”. El amor de Dios consiste, “no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados”.

El silencio es la tierra sagrada para toparse con Yahvé; el suelo santificado que obligó a Moisés a descalzarse. Al hacerse hombre, Jesús va guiando nuestros pasos para que volvamos a posarnos en la tierra de Dios, plenitud de la paz y del consuelo; para que restablezcamos el diálogo perdido; para reencontrar la semejanza con el Padre, extraviada por el pecado original.

San Ignacio de Antioquía aporta una hermosa expresión, que avisa sobre el sendero callado: “Quien ha entendido las palabras del Señor, comprende su silencio; porque el Señor es conocido en su silencio”.

El silencio nos permite apreciar aquello que es esencial. En su obra “El Señor”, el gran teólogo Romano Guardini afirmaba que “en el silencio es donde suceden los grandes acontecimientos”.

Vivir el silencio constituye una necesidad capital para cualquier persona, más aún para el cristiano, porque en nuestro quehacer escuchamos un sinfín de palabras. El reto está en distinguir aquellas que son primordiales, porque en lo dicho se hace presente la Palabra divina, como la perla que se halla escondida en medio del campo y los abrojos. Dios continúa hablándonos, pero su voz fuerte y poderosa solamente puede ser apreciada en el silencio, alejado del bullicio que nos distrae.

Es penoso comprobarlo, pero nos hemos desacostumbrado a acoger el misterio, a prestar oídos al tesoro de la Palabra divina. La inapreciable joya es la Palabra que viene de Dios, la Palabra que es Dios. Sin embargo, se trata de una “presea” cada vez más inalcanzable, dado el entorno en que las mayorías convivimos y en que nos desarrollamos.

Vivimos en un mundo bullicioso, inundado de incesantes sonidos, emitidos por el tráfico vehicular, la TV, o los teléfonos inteligentes. La vida moderna proporciona enormes beneficios, juntamente con el abrumador bombardeo sensorial en la forma de ecos resonantes, multitudes estridentes y las demandas de los infaltables dispositivos electrónicos.

Todos los días nos sometemos a las presiones del ruido, de la palabrería y del agitado tumulto. ¿Quién puede sustraerse de la “contaminación” digital? Que familiar se nos hace entrar a un café, por ejemplo, donde cada persona que comparte las mesas está concentrada en su celular.

Algo análogo, aunque más preocupante, ocurre en la vida familiar, donde el foco de atención puede ser el IPad, el móvil o los video juegos. Sorprende ver a todos enfocados en los twiters, o en sus cuentas de Facebook, como si el destino de la humanidad dependiese de un dato o de una foto reciente, colocada en Instagram. A cuantos jóvenes y adultos vemos juntos, pero encerrados en sí mismos, aislados de los demás, apresados por sus audífonos, escuchando alguna música estridente.

El silencio constituye una alternativa a estas formas de bullicio. La investigación muestra que la quietud y el sosiego serenan la ansiedad. En este sentido, tenemos que nadar contracorriente, contra el ruido y las distracciones cotidianas que nos dificultan escuchar la propia voz, la del prójimo y, principalmente, la de Dios.

El cristiano necesita ser un tanto rebelde, porque requiere creer firmemente que el silencio constituye un valor esencial. Tiene que aprender a ser un contemplativo en medio del alboroto de la creación. Necesita descubrir cotidianamente la belleza aportada por el silencio y la serenidad de Dios.

La renuncia a la “dictadura del ruido” constituye un paso firme hacia la libertad auto poseída. Sería absolutamente irreal pretender que alguien podría estar en capacidad de “apagar”, aunque sea momentáneamente, la bulla del mundo. La tecnología, con sus luces y sombras, permanecerá, conformando un ámbito esencial de la existencia humana. Por ello, el silencio y la contemplación cumplen una misión primordial: en la dispersión de cada día nos ayudan a conservar una permanente conciencia de Dios y de nuestra identidad.

El gran valor del cristiano es constituirse en testigo de Dios en medio del mundo. De la mano de Dios podremos forjar un mundo más bondadoso y reconciliado. Pero el ser humano porta una naturaleza herida. Difícilmente podemos cegarnos ante sus rupturas, que lo sitúan en el llamado “territorio de la desemejanza”, un ámbito de lejanía, de mentiras existenciales y de subjetivismos.

Existen innumerables análisis y testimonios de su preocupante estado. Basta revisar diariamente los medios noticiosos. Ellos nos tienen acostumbrados a una selección de injusticias y crueldades. En el mejor de los casos, a una cultura de la distracción. Abunda la violencia que reaparece en los conflictos étnicos, religiosos y culturales. Es exacto hablar de un mundo en crisis.

Dios nos coloca un reto grandísimo para testimoniar su amor salvífico hacia el mundo. ¿Cómo podremos realizarlo? Con su ayuda. Admitiendo nuestras limitaciones y clamando por su gracia santificante.

Dios nos aguarda pacientemente, tocando la puerta de nuestro hogar. ¿Cómo responderle? De diversas maneras. No se trata de “encajonar el espíritu”, pero a Dios podemos hallarlo especialmente en la oración, en la meditación, en el anuncio de la Palabra, en los sacramentos, entre los desposeídos, sirviendo a los desamparados, escuchando al solitario. ¡También lo encontramos en el silencio!

El Papa Benedicto XVI sopesaba alguna vez este gran dilema, del llamado de Dios a las personas, tal como somos, con nuestras pobrezas y grandezas. “¿Cómo podremos, siendo parte de este mundo, con todas sus palabras, hacer presente la Palabra en las palabras, si no es mediante un proceso de purificación de nuestro pensar y de nuestras palabras? ¿Cómo podremos abrir el mundo -y en primer lugar a nosotros mismos- a la Palabra sin entrar en el silencio de Dios, del cual procede su Palabra?”, interrogaba. “Tenemos necesidad del silencio que se vuelve contemplación, que nos hace entrar en el silencio de Dios, y así llegar al punto donde nace la Palabra redentora”.

Hacerle especial espacio a la Palabra de Dios constituye un gran desafío, que exige de nosotros confianza, paciencia y humildad. Nos convierte en colaboradores de la verdad, voces de lo auténtico, porque nosotros no hablamos solamente en un río de palabras, sino que, confiando en la Palabra, la verdad podrá hablar en nosotros. Así podremos ser auténticos portadores de la verdad de Dios, construida en torno al amor y la caridad.

(Artículo de Alfredo Garland en Aciprensa)