La pérdida de la unidad es uno de los desafíos más grandes que tiene la antropología contemporánea; se ha perdido la visión unitaria del ser humano en los últimos siglos, unidad que era de tipo existencial y afecta a la vida, a la libertad, la vida espiritual, la psicología, etc. Esta fragmentación del ser humano se refleja en la separación entre razón y afectividad, deseo y voluntad, libertad y verdad, entre otras.
En este contexto la moral aparece como un sistema de normas, como cumplimiento de preceptos y se vuelve totalmente pesada e irrelevante para el día a día que vive la persona.
Dentro de esta situación se encuentra igualmente la pérdida de la noción de causa final, que ha tenido unas consecuencias decisivas en la vida cotidiana puesto que el fin último, el sentido deja de ser un principio real y las acciones humanas pasan a ser actos aislados, considerados bien por su utilidad o por criterios legales o percepciones de tipo subjetivo.
Vivir una vida plena pasa por recuperar la causa final, es decir, darle a la vida su orientación. La pregunta por el fin último es una pregunta que surge de la misma experiencia de la vida: quién soy, para qué estoy aquí, qué sentido tiene la vida, qué le da unidad a la vida o que la hace digna de ser vivida.
La vida se comprende dentro de una dinámica de sentido, dentro de una orientación hacia un fin que la unifica, por lo que la cuestión fundamental a plantearse no es solo qué hago sino hacia dónde se orienta mi vida cuando actúo de una manera determinada. Es esa orientación la que me puede dar la respuesta para encontrar una plenitud y una unidad como principio de la vida, poder conocerse mejor a uno mismo y comprender mejor hacia dónde quiero dirigir mi vida, para que ésta se desarrolle dentro de la unidad de la persona y de su obrar.
